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Nombres del padre (Noms-du-Père en francés),  es un concepto introducido por Lacan considerando la noción freudiana del Edipo. En sus indagaciones, Lacan devela a la función paterna como el soporte de la actividad simbólica de cada sujeto, la función paterna es clivadora (“castradora”) e instauradora de La Ley.

Lacan entiende que la función paterna tiene como correlato a una suerte de significante  que se inscribiría inconscientemente, tal significante es el denominado Nombre del Padre. Tal significante substituye o metaforiza al deseo de la madre.

¿El Nombre del Padre? ¿Significa algo para todo el mundo? La paternidad posee poca evidencia natural, es en primer lugar un hecho cultural. «El Nombre del Padre -señala Lacan- crea la función del padre.» Pero entonces ¿de dónde viene ese plural?

No es pagano, está en la Biblia. Quien habla en la maraña ardiente dice de sí mismo que Él no tiene un único Nombre; entiéndase: el Padre no tiene Nombre propio. No es una figura, es una función. El Padre tiene tantos Nombres como soportes.

¿Su función? La función religiosa por excelencia: unir. ¿Qué? El significante y el significado, la Ley y el deseo, el pensamiento y el cuerpo. Para resumir, lo simbólico y lo imaginario. Solo que si estos dos se anudan de a tres con lo real, el Nombre del Padre ya no es más que un semblante. En cambio,  sin este todo se desata, es el síntoma del nudo mal hecho.